Cuando era joven cometí muchos errores y fui agredida de todas las maneras en que puede agredirse a una mujer, no se lo dije a nadie, me sentía completamente sola, despreciable, sucia, deje de hacer cosas que me gustaba hacer, y aun mi trabajo dejo de tener significado para mí.

Odiaba mirarme al espejo, comprarme ropa, que me tomarán fotos, arreglarme, sobretodo me odiaba a mí misma, me daba asco. Hacía mucho que no platicaba con Dios, cuando era una adolescente tenía un diario en el que platicaba con Él, pero ya no más. Sentía que él no podía amarme así como era ahora.

Una noche hice lo que no había hecho en años, me puse a llorar. Sentí ganas de despedirme de todos, no pensé en quitarme la vida, pero ya no quería vivir, sentía que ya no merecía vivir y que seguramente moriría por la noche, tenía razones grandes para vivir y sabía que había quien me necesitaba, pero ya no podía más.

De repente deje de sentirme sola y sentí que Dios estaba a mi lado, le pregunte si aún me quería, pero no pude percibir su respuesta, le dije que si era así necesitaba que alguien más me quisiera, no importa si era un poquito, no importa si era por poco tiempo si él creía que yo no merecía más que eso pero necesitaba que alguien me quisiera y querer a alguien yo también. Si eso pasaba yo sabría que él me quería.

Llore hasta que me quede dormida, por la mañana desperté y pensé que mis ojos estarían rojos y tenía que ir a trabajar. Me vi en el espejo y no los vi rojos, hasta me vi linda, no bonita -pensé- solo linda. Me fui a trabajar y sentí de nuevo entusiasmo, mis alumnos pudieron sentir mi cambio y se mostraron cariñosos y alegres incluso la directora se fue a asomar asombrada cuando nos oyó cantando a todo pulmón.

Ese fin de semana me hice un corte de cabello. Recuerdo que la chica me pregunto ¿despunte? – No, córtalo como tus creas que se verá bien- le dije. Me hizo un corte moderno en «melenita», se estaba usando así. Al otro día le pedí ropa a mi hermana, todos estaban asombrados, trate de arreglarme un poco, empezaba a amarme a mí misma.

Ese lunes me tocaba regresar a la escuela de inglés, después de receso por fin de curso, después de trabajar tome el metro y en la estación Moctezuma subió un compañero de la escuela cargando unas carpetas de archivo, yo venía sentada y el metro lleno, él con dificultades podía agarrarse del pasamanos así que le hable por su nombre y le dije que le ayudaba con las carpetas. Él puso una cara que aún recuerdo y me da risa. No tenía ni una idea vaga de quién era yo aunque siempre nos sentábamos juntos en clases. No me reconoció, pero aun así me paso sus carpetas.

Él ahora es mi esposo, sí, mi Dios me ama y me ama mucho, no un poquito, y me ama siempre, y antes de que nadie más pudiera amarme, mi Dios logro que me amara yo misma. No fue fácil, ni instantáneo, pero mi esposo fue la primera persona a la que yo le conté lo que me había pasado y con todo, él me siguió amando. Sin juzgarme. No voy a olvidarme nunca de esa noche.

Gracias Dios.